Stoner, una novela de John Williams relata la vida de un profesor de literatura en la Universidad de Misuri, hogar de su transformación desde 1910 cuando entró como estudiante de diecinueve años, hasta 1956 cuando falleció siendo profesor.

Esta vida de cuarenta y seis años en una universidad es el reflejo de un hombre que sentí macizo, consistente, simple y fijo, molesto en su quietud, admirable en su compromiso. La novela de John Williams es asombrosa por este personaje y la manera suave, simple y acotada de presentarle esta vida al lector. Una vida que transcurre con sus aciertos y fracasos, alegrías, temores, intensidades y entumecimientos como cualquier vida. Un personaje que no es héroe de nada ni hace grandes viajes de transformación, ni renuncia a su vida por el amor, ni se divorcia de un matrimonio en que no es feliz, ni se rebela contra el destino de menosprecio que un jefe resentido le quiere imponer, ni renuncia, nunca renuncia a la universidad o a sus compromisos. Un hombre de principios de siglo, hijo de un campesino de manos ásperas, trabajador de la dura tierra seca. A lo único que renuncia Stoner es a ser agricultor como su padre, y esto porque las letras y la literatura le develaron una sensibilidad del mundo con la que Stoner se comprometió enamorado y responsable. 

El momento en que un profesor de literatura inglesa le dice: “¿Acaso no lo sabe, señor Stoner? […] ¿Aún no se comprende a sí mismo? Usted será profesor.” se convierte en el gran momento de compromiso. Cuando el joven Stoner le pregunta inquieto cómo lo puede saber y asegurar así, Sloane, su profesor, responde: “Es amor, señor Stoner. Usted está enamorado. Es así de sencillo”.

Y así de sencillo asistimos a una obra gigante de literatura y acompañamos, pacientes, al viejo Stoner a vivir su más importante matrimonio, uno que siempre fue lugar seguro y amable para su ser, que lo aguardaba dentro de los lomos de la literatura medieval y en el roce de sus páginas antiguas. Mientras afuera se sucedieron guerras, murió un amigo, se reemplazaron profesores, su matrimonio se transformó en una casa ruinosa cuyo resentimiento lo sacaba de cada espacio de comodidad, su hija crecía entumeciendo el dolor de ser víctima de la patología de su madre, y el único amor apasionado y vivo fue fugaz. Y Stoner seguía ahí, firme como las columnas del Jesse Hall, edificio administrativo de la Universidad de Misuri. Símbolos de la misma fuerza de columna del flaco y alto profesor.

Una obra maestra. Una lección de buena escritura. Un personaje entrañable al que quise acompañar en su muerte.  

Por Emma Sánchez

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