(Impresiones sobre Fahrenheit 451 de Ray Bradbury)

Mucho se ha escrito sobre Fahrenheit 451, una historia que ha labrado su camino y se ha dejado reconocer por el mundo entero, con un pequeño escalofrío ante la oculta sensación de que su realidad distópica podría ocurrirnos a la vuelta de la esquina, o ya nos ha ocurrido antes. Yo tenía este libro en la lista de pendientes desde hace más de veinte años y me alegra haber saldado esta deuda en menos de dos días de lectura, sosegada pero alerta a los giros de la trama. 

“Los libros solo eran un receptáculo donde almacenábamos una serie de cosas que temíamos olvidar. No hay nada mágico en ellos. La magia únicamente está en lo que dicen los libros, en cómo unían los diversos aspectos del universo hasta formar un conjunto para nosotros.”, dice Faber, personaje de la historia, casi que explicándole a Montag, el bombero que quema libros, en dónde reside la “magia”, la verdadera esencia vital y transformadora de un libro. Y ésta reside en la posibilidad de comprender el mundo, la vida, la experiencia humana, y emprender acciones basadas en esta. 

Es maravilloso acompañar a Guy Montag en su proceso de descubrimiento. Se encuentra una noche con Clarisse McClellan y a partir de ahí nada será igual, él no podrá volver a ser el mismo, se le ha arrojado al abismo de la pregunta por su felicidad, se le ha traspasado con la sospecha de que merece vivir algo más, se le ha iluminado con la posibilidad de la pregunta sobre sí mismo, la existencia y la vida. Es genial que el personaje de Bradbury sea un hombre que ha caído ciega y sumisamente en la vida que el sistema esperaba de él. Que sea un hombre que ya no recuerda un mundo anterior a ese mundo ignorante de ideas y saturado de normas, convirtiendo la vida de los seres en simples guiones vacuos. Montag nos da esperanza.

En esta distopía, el hombre vuelve al origen; la transmisión oral. Ya las quemas de libros se han sucedido en la historia, ya también se destruyó la biblioteca de Alejandría, y cada cierto tiempo aparece algún fundamentalista queriendo quemar libros de sus oponentes ideológicos. El deseo de censura convive con nosotros, camuflado y a veces público. Los gobiernos y sistemas que mejor nos querrían ignorantes, son muchos. A veces me costaba pensar que este libro era sobre ciencia ficción o planteaba algún incierto futuro. La delgada línea entre fantasía y realidad, entre pasado y futuro, se bamboleaba ante mí tan sutil que terminé por concluir que lograr esa sensación fue la verdadera genialidad de Bradbury.   

El temor de Bradbury a que la memoria se perdiera, a que el mundo fuera un mundo de serviles entretenidos en pantallas y conversaciones con imágenes que te hablan en la sala, en donde la manipulación mediática podría mostrar cualquier cosa, en donde nadie lee, nadie hace crítica, nadie es feliz, ¿acaso no suena a un temor que deberíamos estar teniendo más presente en este 2021?. 

“Oh, amor, seamos sinceros

el uno con el otro. 

Por el mundo que parece

extenderse ante nosotros como una tierra de ensueños, 

tan diversa, tan bella, tan nueva, 

sin tener en realidad ni alegría, ni amor, ni luz, 

ni certeza, ni sosiego, ni ayuda en el dolor;

y aquí estamos nosotros como en lóbrega llanura, 

agitados por confusos temores de lucha y huida, 

donde ignorantes ejércitos se enfrentan cada noche.”

Seamos sinceros, el mundo actual se acerca apresuradamente hacia una tierra de ensueños que en realidad está vacía. La gente sufre por las imágenes de felicidad de otros con las que se embelesa antes de dormir y apenas se despierta, por medio de redes que ya no sabemos si nos conectan o nos desconectan. Aquí estamos, “agitados por confusos temores de lucha y huida”, estresados, angustiados por lo que debemos ser para un sistema que tiene desde hace rato sospechosas características de tiranía oculta y virtual. 

Pero Bradbury es un esperanzado, va al pasado y escarba, y sabe que en la memoria de los profesores, los filósofos, los pensadores, se planta la semilla para la conservación de lo que alimenta la vida del hombre. “Mucho antes de Cristo, hubo un pajarraco estúpido llamado Fénix. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se quemaba en ella. Debió de ser el primer primo hermano del hombre. Pero, cada vez que se quemaba, resurgía de las cenizas, renacía a la vida. Y parece que nosotros hacemos lo mismo, una y otra vez; sin embargo, tenemos una maldita ventaja sobre él. Sabemos la maldita estupidez que acabamos de cometer.”

Para rescatar del olvido el espíritu del hombre, y su primer primo hermano, el Fénix, me parece que este libro es un ejemplar entre los libros. 

Por Emma Sánchez

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